lunes, 18 de julio de 2016

un cielo para vos

dejé mi alma en la chacarita
allá en esa flor amarilla
que no era muy linda
aunque ya nada lo es
allá lejos donde hacía frío
y tenía los ojos mojados
de tanto quererte
pero más de pensar
en tanto absurdo acumulado
casi incompatible
con el dolor
de extrañar tu sonrisa
y esos pelos locos
de quererte siempre
como si fueras mío
porque sos
un poco
de todos

bebito lindo,
si hay un cielo
es todo tuyo

yo no creo en casi nada
pero para siempre
voy a creer en vos

sábado, 1 de febrero de 2014

10.23 pm

Cerrar mi cuenta de tuiter y dejar de jugar al hockey no intenta ser una demostración de que nuestros pasatiempos no nos definen, aunque mucho me cueste creerlo, sino más bien una afirmación de que -muchas veces, no siempre- nos limitan. Mientras escribo esto, un jugador de River con capacidades especiales en la longitud de su cuello mete el primer gol del Superclásico y, dos minutos, después mi eterno amor remata al travesaño. El segundo no llega. Recuerdo que en una semana voy a estar en la cancha y todo vuelve a ser un poco como siempre. Ir a la facultad, buscar trabajo, alentar los domingos, prepararle el desayuno al Chucho. Podría convecerme de que no va a ser tan diferente pero sería inútil, por no decir estúpido. El club -el celeste- es tan parte de mi vida como mi amor por el rock; nunca va a dejar de serlo porque en algún punto, sino en varios, me ha definido. Muchas de las cosas que soy y otras tantas de las que aprendí son producto de los botines embarrados, entrenamientos fríos como el Sol y pretemporadas tan calurosas como un grito de gol. Prepararme cada sábado para jugar como si fuera una final; jugar una final; ganar un campeonato, una Copa, o varias; perder un campeonato; descender. Todo eso que forja el carácter y el espíritu de cualquier  persona que se jacte de ser persona sólo por el hecho de serlo. Quien crea que practicar un deporte en un club es solamente eso, practicar un deporte, nunca ha pisado un lugar como el que yo les digo y deberían hacerlo. Todos deberían hacerlo. No puedo negar que diez años de todo eso me han definido y me alegro de que sea así. A partir de ahora, tengo un montón de herramientas que, de otro modo, nunca hubiera tenido. Voy a encontrar un trabajo que me permita cumplir lo que más deseo: conocer Nueva York. Mudarme, quizás. Voy a seguir escribiendo. Y me voy a recibir, de una vez por todas. Mientras tanto, nos empatan el partido y pienso que algunas cosas no han cambiado demasiado pero ya van a cambiar, como todo.

01 de febrero de 2014

sábado, 4 de enero de 2014

7.38 am

A esta hora la placita de Crámer se ve hermosa; ese momento en que las calles empiezan a llenarse de gente que corre al subte y no alcanza el colectivo para llegar a sus oficinas en el microcentro, como yo supe hacerlo meses atrás. Por suerte, ya no; no era feliz. Aunque su verdadero nombre es Plaza Portugal, yo le digo así porque tenemos algo de confianza. No es muy grande pero está bien cuidada y tiene banquitos de colores, justo ahí donde Crámer se transforma en un laberinto borgeano y choca con Virrey del Pino, mientras también hace lo propio con Elcano.

Esta hora es especial en casi cualquier día pero hoy Crámer está vacía y su placita también. No hay adolescentes trasnochados, ni restos de cerveza, ni señores tomando mate o durmiendo en los banquitos. Es sábado y en enero la ciudad no deja ver más que a un par de tipos paseando perros o chicas que salen a correr para no perder jamás ese ritmo frenético en el que viven todo el año. Yo podría salir a correr aunque todo el tiempo prefiero dar vueltas en la cama y desayunar con el Chucho mientras uso algunas de sus camisetas de la Banda. Debe ser lo más parecido a la felicidad que conozco. Eso y River campeón pero desayuno en la cama o panchito en la plaza son, ahora, mis momentos preferidos de la vida. 

La placita de Crámer se encuentra junto a las vías de un tren cuya estación no conozco, como tampoco su línea porque nunca lo tomo. Puedo verlo pasar desde casi cualquier punto de la casa, salvo en la cocina o al lado de la biblioteca. Me encanta ver pasar ese tren, aunque no sé nada sobre él. Es celeste y blanco; en cambio, el mío es rojo. Una casualidad divertida, dirán.

El Chucho se fue hace un rato y ya lo extraño, no es muy difícil de admitirlo. Incluso lloré cuando su taxi se alejó. Podría disculparme por mi sensiblería voraz pero, al fin y al cabo, sobre algo de eso se trata el amor. Antes lloraba sólo cuando estaba triste o me habían roto el corazón o no me entraba un jean y ahora también lo hago cuando soy muy feliz. Casi sin darme cuenta, en esos micromomentos de paz que te dejan la mente en blanco, ahí, pum, llanto. Ni idea, soy sólo una chica. Una que llora mucho. Demasiado quizás.

Esta vez lo vi muy claro: fue una mezcla de todo. La tristeza de extrañarlo cuando todavía duraba el abrazo y la felicidad de la magia incipiente, febril. Esa triste felicidad. Como sea. Un poco lloré pero después se me pasó, agarré un cuaderno suyo y volví a escribir. Acá decía “volví a escribir como lo hacía antes” pero la realidad es que jamás será como fue antes y me alegro de que así sea. A pesar y en contra de todos los pronósticos, soy mucho más feliz. Luego de esa conclusión, lloré un poco más porque sé cuánto lo voy a extrañar aunque sean sólo unos días y si hay algo peor que extrañar, es hacerlo por adelantado. Intento volver a dormir pero es inútil, el pensamiento está ahí: el Chucho, la placita, los panchitos, una canción, los abrazos, el amor.

04 de enero de 2014

viernes, 16 de agosto de 2013

Capítulo siete

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Rayuela - Julio Cortázar.

sábado, 4 de mayo de 2013

Una noche en cualquier lugar

Me esperabas bajo la lluvia sobre Av. Corrientes como cada viernes y mientras tu teléfono no paraba de sonar en el bolsillo izquierdo de tu camisa de jean oscuro tarareabas una canción de musical y jugabas con tu pelo, chapoteabas en los charcos y le gritabas a los autos al pasar. No encuentro remedio para mi impuntualidad, Clarita, pero vos siempre igual, distraída, pensabas en el próximo lugar que podíamos visitar y en la pizza de El Cuartito, el cementerio de la Recoleta, terminar mareados en algún bar sin saber cómo volver a casa con las pocas monedas que nos quedan y ahí mejor fumar y caminar, si total no llueve más. Qué fácil es quererte, Clara, como a cada rincón de esta ciudad y sus callecitas sin luz que nos hacen apretar el paso y reír juntos y despeinarnos bajo los carteles de los teatros. 

viernes, 3 de mayo de 2013

Un día en cualquier lugar

Siempre me gustaron los paseos por la Capital; visitar un museo, sentarme en una plaza a veces con mate, a veces a fumar, recorrer el barrio de Once o San Telmo y sus callecitas llenas de tango, parar en algún bar a terminar los crucigramas o un libro sin empezar. En algún punto es reconfortante ese no sé qué de la ciudad. Las caminatas sin rumbo me ayudan a pensar y me animan a volcar las conclusiones en el papel. Quizás sea un poco la soledad o el sentimiento de y no la soledad en sí misma porque, aunque uno se sienta solo en algunos momentos, casi nunca lo está y sin embargo uno se siente como se siente aunque no quiera y no lo puede controlar. Es un buen ejercicio la soledad, también te ayuda a pensar. Desconfío de la plenitud personal de aquellos que nunca estuvieron o se sintieron solos y de los que siempre tuvieron a quien amar sin extrañar ¿O acaso es posible saber sobre lo más profundo de sí mismo en plena agitación y caos del día y el amor y lo demás? Será que después de tanto extrañar ya no es fácil imaginarse la vida sin esa angustia que te carcome las noches y los pensamientos y los paseos por la Capital. Es un buen ejercicio extrañar; un poco te hace reaccionar. Por eso será que no entiendo cuando alguien me cuenta de la tristeza que le provoca la ciudad o la melancolía y las ganas de volver si un sinfín de posibilidades en nuestras manos debería ser suficiente para subirse a un colectivo y pedirle un boleto hasta el final de la línea y sentarse junto a una ventanilla si se puede, mirar a la gente pasar, sonreír con cada canción, jugar con las historias de un pasajero y sonreír otra vez, pensar, acordarme de vos y creer que no todo está tan mal, que estuvo peor y bueno, sonreír sin mas, mejor. Qué lindos los paseos por la Capital.

Tango de vuelta

"... todo se hizo futuro, algo como las páginas que le faltaban en esa novela abandonada boca abajo en un sofá, algo ya escrito y que ni siquiera era necesario leer porque ya estaba cumplido antes de la lectura, ya había ocurrido antes de que ocurriera en la lectura [...] ... solamente estar ahí viéndolo, sabiendo que la novela tirada en el sofá estaba escrita hasta la palabra fin, que no podía alterar nada, la leyera o no, aunque la quemara o la hundiera en el fondo de la biblioteca..."
Queremos tanto a Glenda, Julio Cortázar.